
En ese sector pichilemino, se esconde un verdadero tesoro campesino local, construido por un hombre que sin estudios, pero con grandes ideas y vocación, levantó hace más de seis décadas. Hablamos del molino de agua, aparato que se mantiene en excelente estado gracias a Julián Muñoz, quien se encarga de recibir a los turistas y enseñarles un poco de la historia de este lugar, por una módica suma de mil pesos.

La idea de construir un molino la retuvo en su cabeza por veinte años, durante los cuales se dedicó a trabajar en diversos fundos de la zona con el fin de reunir fondos. Su molino sería creado con el propósito de prestarle un servicio a la comunidad, ya que —según recuerda su hijo Julián— «en ese tiempo la gente tenía muchas cosechas, había mucho trigo acá, pero solamente la molían con esas piedras de mano».


La mejor época del molino de agua fue en la década de 1970. «Se molía las 24 horas», recuerda Julián, quien agrega que este tesoro resistió sin sufrir ningún tipo de daños los terremotos de 1960, 1985 y 2010. «Ahora se ha potenciado como destino turístico, si bien viene muy poca gente a moler, los que vienen siembran poquito, y para ellos, por ello tuvimos que volcarnos al área turística». José Elizardo, su impulsor, falleció en 1996; tras una vida de esfuerzo y sacrificio, había dejado de trabajar dos años antes. Ahora es su hijo quien mantiene vivo su legado, un importante patrimonio para la comuna y el país.
Quienes concurran al molino de agua de Rodeillo pueden adquirir en el lugar harina de quínoa, por tres mil pesos, así como harina tostada, harina refinada, o bien, degustar malta con harina, o agua de la vertiente con harina, por precios accesibles para cualquier bolsillo. Además, si desea utilizar el molino, Julián Muñoz mantiene la tarifa que dejó su «taita», el 15% de la molienda.